lunes, 8 de abril de 2013

LOS ENCUENTROS: El dueño de la parroquia

EL DUEÑO DE LA PARROQUIA LOS ENCUENTROS


 Los Encuentros es una parroquia rural del cantón Yanzatza, provincia de Zamora Chinchipe.   Llegué en 1980 cuando era un caserío con pocos habitantes y carecía de los servicios básicos.   Ahí  conocí a José Antonio Mangasho, descendiente de la milenaria etnia shuar, único de su raza que habitaba en ese lugar.   Tenía una apariencia joven, y aseguraba tener más de setenta años.   Él, excepto sus mujeres, era comunicativo con los colonos y hablaba muy bien el castellano.
Después de 32 años, me encuentro con Domingo  Mangasho, nieto de José Antonio, quien al igual que su abuelo, hablantín y abierto, dice: ¡Usted lo ha conocido a mi abuelo!, ¡él ya murió!  ¿Cuándo? -le pregunto-, en el 2006 responde.  
Murió de 110 años afectado por una gangrena en la pierna, por lo que los doctores le cortaron.   Tuvo dos hermanos: Chiango y Atzazu; igual, dos mujeres: Panchi y Chiengu (hermanas); así como dos hijos: Andrés en Chiengu y Martha en Panchi.
Contaba que nació en El Tingui de Morona Santiago.   Llegó a Los Encuentros muy joven, en 1930 creo.   En ese tiempo todo este lugar era selva virgen.   Vino en canoa por el río Zamora remando a contracorriente y cuando desembarcó en esta playa, decidió quedarse y lo bautizó como “Encuentro” porque se unían los ríos: Zamora y Nangaritza.  
Es a partir de 1960, cuando llegan los primeros colonos que lo llaman “Los Encuentros”.
Vine acá, decía, porque en Sucúa, Méndez y otros lugares comenzaron a formar la Federación Shuar, y como a mí no me gustaba las discusiones y peleas, me alejé de ellos; quería vivir libre como los pajaritos sin que nadie les moleste.   Aquí conocí a Panchi y Chiengu mujeres con las que vivo desde que llegué.    Chiengu era viuda cuando la conocí, nos enamoramos, y ya...  Después la conseguí a la otra.
Recuerdo -continúa Domingo- que las mujeres de mi abuelo (mi abuela y mi tía abuela) se llevaban muy bien, nunca peleaban.      Una noche dormía con Panchi y la otra con Chiengu; igual cuando se iba a la montaña de casería o al río de pesca, se turnaban; así vivió él hasta su muerte.
En 1960 llegaron los colonos.   El primero fue don Serafín, cuñado de don Manuel Ortiz; luego don Manuel Ortiz, don Alejandro Velázquez, don Miguel Muñoz y así otros.   A ellos mi abuelo les había cambiado sus terrenos con escopetas, radios, espejos, hachas y machetes; es que ellos en ese tiempo no conocían estas novedades, eran los últimos adelantos.   Por esta razón mi abuelo se quedó pobre y sin nada.
Posteriormente don Velázquez, a estos mismos terrenos los revendió a la gente que llegaba; igual hizo don Manuel Ortiz, trajo a sus conocidos a trabajar y en pago les daba lotes para que vivan ahí; y como  él ya estaba viejo fue a vivir en Yanzatza.  ¡Así se acabó la propiedad de mi abuelo!
Cuando nos íbamos de cacería, mientras caminábamos en la montaña recordaba: a Alejandro Velázquez le cambié con una vaca; a Manuel Ortiz con dos escopetas; y a Miguel Muñoz con un radio; los demás me dieron un hacha, un machete y así… a otros les cambié hasta con cosas de comer.
Mi abuelo siendo el dueño de los terrenos que ocupa toda la parroquia “Los Encuentros”, se quedó sin nada, porque se aprovecharon de su ingenuidad.   ¡Nos indigna, nos da coraje!   Se quedó sin nada.   Murió sin tener dónde vivir.   ¡Parece increíble!  ¡Verdad!
Los que hicieron estos negocios en ese tiempo, ahora está muy bien; mientras nosotros mendigamos que nos vendan un lote de terreno.

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