domingo, 27 de septiembre de 2020

EL SEÑOR DE LA BUENA MUERTE DE YANGANA

 


Leyendas y tradiciones andinas

 


Yangana es una parroquia que se encuentra ubicada en la parte oriental del cantón Loja.   En tiempos de la colonia se constituyó en la puerta de entrada de los españoles para fundar las ciudades de Valladolid, Loyola, Logroño, Santiago de las Montañas y otras en el Oriente.

Este pequeño pueblo, en la actualidad paso obligado a Valladolid, Palanda y Zumba, es muy conocido por sus tradicionales romerías en honor al Señor de la Buena Muerte, a donde acude mucha gente de las provincias de Pichincha, Guayas, Azuay, Zamora Chinchipe, El Oro, Loja y el norte peruano.   También muy conocida por la novela “El Éxodo de Yangana”, escrita por el prominente lojano Ángel Felicísimo Rojas entre los años 1938 y 1940 y publicada en Buenos Aires en 1949.

Yangana es poseedora de muchas bellezas naturales y ruinas arqueológicas; así como de hermosas reliquias artísticas guardadas celosamente en su iglesia, que a no dudarlo, se constituye en la atracción de turistas nacionales y extranjeros.

Geovanny Samaniego, Teniente Político de Yangana, refiriéndose a su pueblo nos dice: fue elevada a la categoría de parroquia civil, el 21 de septiembre de 1911.  Su fundación se pierde en la historia; pero, de acuerdo a la tradición dicen que en la antigüedad existía una tribu llamada Yanganates, los mismos que se ubicaron en los cerros de Nanaro, Pangayaguana y el Chiriguana.  Posiblemente de ahí viene el nombre de Yangana.  Se dice también que los Chiriguanas eran aborígenes bravos y aguerridos defensores de su territorio.

Así mismo manifiesta, que en la iglesia existen hermosas esculturas y reliquias artísticas que datan de siglos pasados, de entre ellos por ejemplo: las imágenes de Santa Marianita de Jesús, La Dolorosa, La Virgen del Cisne, San José y San Pedro. El trono de la Virgen La Dolorosa y lo más importante es la imagen del Señor de la Buena Muerte, que se encuentra colocado en el altar mayor de la iglesia matriz.  Aseguran, que fue traída desde España por los conquistadores, no se sabe cuándo, pero esta es nuestra mejor reliquia –dicen-.


También existe el retablo que fue construido hace unos trescientos años; es de pura madera, ahora se encuentra un poco destruido por cuanto lo acoplaron en la iglesia actual sacándolo de la antigua. Se sabe que una parte de este retablo la llevaron a colocarla en el altar mayor de la capilla del barrio Suro.


Conservan también el primer trono del Señor de la Buena Muerte, y muy reconocidos cuentan que ha sido donado hace más de cien años por los devotos de San Pedro de Vilcabamba. Este trono es de pura madera de cedro.

Desde los tiempos de la colonia ya se realizaban las romerías en honor al SEÑOR DE LA BUENA MUERTE.

Según sus pobladores es muy milagroso, por eso es que en las romerías que realizan el primer domingo del mes de octubre de cada año, vienen gente de todo el país.  Esta romería luego de la Virgen del Cisne, está considerada como la segunda.

Don Bartolomé Bermeo dice que el Pbro. Fernando de la Vega, dueño de algunas haciendas ubicadas en Malacatos y Vilcabamba, obsequió este hermoso Crucifijo para las comunidades de Yangana; pero los españoles que se encargaron de transportarlo desde Quito, en ese tiempo a pie, malintencionadamente se lo estaban llevando a Valladolid.   Pasaron Yangana, y conforme iban avanzando, inesperadamente una pertinaz lluvia les azotaba, y cuando estuvieron en la Quebrada de las Pavas el día se obscureció y poco a poco la imagen iba haciéndose más pesada hasta que se convirtió en una pieza de plomo que no la pudieron mover.  Al no poder llevarla por más que insistieron, la tuvieron que dejarla cerca del Tambo de Ramuspamba.   

Al enterarse los indígenas que a la imagen la habían dejado en El Tambo de Ramuspamba, acudieron inmediatamente al lugar y ellos sin mayores dificultades cargaron el Crucifijo y lo trajeron a Yangana.  Ahora lo tenemos aquí – dicen -  Está con nosotros y estará por siempre. ¿Cuándo sucedió esto?  ¡Hace mucho tiempo!

Loja, 27 de septiembre de 2020

 


miércoles, 23 de septiembre de 2020

EL CASCARILLERO DE YANGANA



 

En el siglo XVII, Loja aportó al mundo haciendo conocer las bondades medicinales del árbol de la quina o cascarilla, encontrado en las laderas de Uritusinga, Rumishitana y Malacatos, para combatir el paludismo, que en el tiempo de la colonia era una enfermedad mortal.   

Cuentan que con la corteza macerada de este vegetal, el cacique Francisco Leyva, oriundo de Rumishitana, en el año 1600, le curó a un jesuita que estaba enfermo de paludismo y fiebres intestinales, y posteriormente en Lima la curaron con este mismo medicamento a la Condesa Ana Chinchona, esposa del Virrey del Perú.  

Se popularizó tanto la corteza de esta planta, que unos lo conocían con el nombre de “los polvos de los jesuitas” y otros con el nombre de los “polvos de la Condesa” por los poderes curativos que tenía.  

Por lo dicho, la quina o cascarilla, es patrimonio del sector sur oriental del cantón Loja, aquí se encontraron bosques naturales por los sectores de Malacatos, San Pedro de Vilcabamba, Vilcabamba, Yangana y el Oriente.

La quina ya elaborada y transformada en los laboratorios, fue utilizado como fármaco, aún hasta la Segunda Guerra Mundial, y es por eso que, en este relato, vamos a participarles una hermosa historia que nos cuenta don Ramón Erique, un nonagenario oriundo de la parroquia Yangana, que, junto a otros paisanos suyos, explotaron en los bosques de esa zona, la corteza de la codiciada cascarilla, para venderla a los negociantes de la ciudad de Loja.

-Dice-  el negocio para mí, no duró mucho tiempo, fueron dos años, desde 1944 hasta 1946.   Se terminó porque ya se acabaron las exportaciones y entonces nadie compraba.

Anterior a mí, había otros paisanos que explotaban la cascarilla: Miguel Ángel Vélez, Federico Ochoa y Segundo David Ochoa.   Un día Federico me dijo que coja un lote de cascarilla y luego que lo vaya a vender en Loja, pero que yo mismo busque los compradores.  

Entonces me vine a la ciudad de Loja con unos diez quintales de corteza.  Yo había escuchado que el señor Alfonso Toledo compraba.   Averigüé en dónde vivía y lo ubiqué. Como en ese tiempo todavía se podía caminar con los caballos cargados por el centro de la ciudad, entré por la calle Bolívar.   Nadie nos impedía.   Vine con 6 mulas cargadas de cascarilla.   La casa se encontraba en la calle Bolívar, entre la Miguel Riofrío y la Rocafuerte.

Entré con las mulas cargadas hasta el patio.   La señora Raquel Celi, esposa del doctor Toledo me recibió el cargamento.  Convenimos en el precio y le vendí.    Creo que me pago a 25 sucres el quintal y luego me dio el comprobante.   Como no sabía mucho de cuentas ni del negocio, regresé contento porque me había ido muy bien.

Al tercer día, llegó el doctor Toledo en Yangana buscándome.   Vengo por conocerlo y conversar –me dijo-.   ¡Quiero seguir trabajando con usted!   Ahí le dejo más dinero, para que pague peones y siga sacando la cascarilla.   ¡Me ilusionó mucho!  Le agradecí y él se regresó.

De inmediato emprendí en el trabajo.   En las cercanías a Yangana encontrábamos los árboles de cascarilla.   Había en los cerros: La Chorrera, Chiriguana, Tolizo, Pedro Aldaz, Cachaco, Maco, Bolija, Jatun Rumi y otros lugares; pero de dónde se sacaba la mejor (la pura fina) era en Jatun Rumi.

Como el negocio era bueno, otros se fueron al Carrizal, Quebrada Onda y otros lados del Oriente.

El doctor nos pagaba por la calidad de la corteza.    La cascarilla se clasificaba en: fina isurita o uritusinga, hoja de luma, hoja de sambo y la crespilla. La fina isurita era la mejor porque tenía más delgada la corteza.

A un inicio buscábamos la fina isurita, pero se encontró poco, luego el doctor dijo, si la fina no encuentran, saquen la hoja de luma, después la hoja de sambo, y por último la crespilla.  Yo me fui por la hoja de luma.    Cada trabajador sacaba diariamente unas cinco o seis arrobas de corteza en fresco.

Donde encontrábamos un árbol, lo tumbábamos y luego de cortarlas en pedazos, con unos mazos de madera dándoles unos cuatro golpes se despegaban las cortezas de los árboles.

Decían que estas cortezas las llevaban al exterior para fabricar la quinina y bromo quinina.

También nos contaban, que en los cerros de Malacatos y Vilcabamba había bastante fina uritusinga.

¡Era un buen negocio!   Las noticias decían que en Yangana encontraron más cascarilla.    ¡Nosotros seguíamos sacando!

Pero un día el doctor dijo: ¡Se paralizó el negocio!   ¡No hay exportaciones y no nos aceptan en el exterior!   Nos quedamos así.  

¿A dónde mandaba la cascarilla?   ¡No sé!  Pero el negocio se acabó.

 

Tomado del libro de leyendas y tradiciones: Cántaro de eternidad Tomo 1, página 78 / 2007.

Autor del libro: Eduardo Pucha Sivisaca.

 

lunes, 14 de septiembre de 2020

LA VIRGEN DE AGUA SANTA, EN OÑACÁPAC

 Leyendas y tradiciones andinas

 


Liderados por la Dra. Beatriz Moreno de Rovegno, Presidenta del del Consejo Internacional “Todas las Sangres” con sede en Lima, hace siete años en la ciudad de Saraguro se realizó el XIX Encuentro Internacional de Escritores y Artistas, lugar al que acudieron representantes de Perú, Argentina y Ecuador, del 17 al 21 de junio de 2013.  ¡Fue una verdadera fiesta cultural!

Ahí, Efraín Sarango, oriundo de Saraguro, nos llevó a la comunidad de Oñacápac, ubicado a ocho kilómetros de la ciudad, a conocer el pequeño santuario de La Virgen de Agua Santa o Cascada de la Virgen, el mismo que está construido a la orilla del río.  

Antes de llegar, nos cuenta que la gente cercana al lugar asegura haber visto a la Virgen en la cascada y sostienen que se la puede observar desde el frente, por la parte superior, a un hermoso cuadro pintado por alguien.  


A través de la tradición oral, los mayores nos han dicho que en 1710 un indígena que estaba cruzando el río Guaylashi de la comunidad de Oñacápac a la de Gurudel llevaba la imagen de la Virgen en su alforja para visitar a la devotos y recoger limosna, y que al momento de brincar de una piedra a otra para pasar el río y llegar a la parte alta del otro lado, se le cae y va al fondo de la laguna que forma la cascada; entonces, preocupado sin importarle nada se mete en el río, pero no logra rescatarla.   Dada esta imposibilidad acude a un ciudadano de raza negra que tenía fama de buen nadador y que por casualidad estaba en este lugar.   Dicen, que vino y se metió en el acantilado de la cascada intentando rescatar a la Virgencita, pero fue imposible.   ¡No pudo y se perdió en la profundidad quedándose para siempre!   Ahora cuentan los peregrinos que visitan el santuario, que la ven a la Virgen en medio de la cascada, y de vez en cuando flota una mano.  Se supone que es la del negro que se ahogó ahí.

Don Ángel Sarango dice, la Virgen Santísima está aquí, ella nos protege y los milagros son palpables.   Fíjese usted, cuando estamos enfermos, nos encomendamos a Ella y nos cura.   También nos ayuda en los trabajos, nos protege de los accidentes y de todas las cosas que como humanos cometemos.

Por eso, en agradecimiento de todos los favores recibidos, en el mes de septiembre le hacemos una fiesta en su honor.   Viene gente de todas partes, especialmente de   Azuay, Zamora y el Oro. Congrega a miles de personas y cada año aumentan más.  Oran y celebran misas; realizan programaciones sociales y culturales como la presentación de festivales de danza y música.  ¡La gente, esa noche no duerme!

Dicen que también llegan chamanes desde Perú; no he visto pero he escuchado que vienen.

Hace falta infraestructura en el lugar, bueno poco a poco se irá construyendo.  Se convirtió en atractivo turístico desde el año 2002, creo y sus festividades las realizan desde el 12 al 15 de septiembre.

Los peregrinos, en la peña de la cascada y sus alrededores colocan cientos de velitas encendidas durante el día y la noche, ¡esa es la fe!

 

“El pueblo me lo contó

y yo al pueblo se lo cuento

y pues la historia no invento

responda el pueblo y no yo”

                                               Cordobés Maure

Loja, 14 de septiembre de 2020

jueves, 3 de septiembre de 2020

FALLECIÓ LA HNA. LAURA PUCHA IZQUIERDO A LOS 99 AÑOS DE EDAD

 

PAZ EN SU TUMBA

 

El 3 de septiembre de 2020 en la ciudad de Loja falleció la Hna. Laurita. Curioso es reseñar, que la conocí cuando yo pasaba los cincuenta años de edad y ella más de ochenta. Mi padre contaba que tenía tres sobrinas religiosas (María Laura, María Alejandrina y María Rosario)|, pero nunca me las hizo conocer. Al averiguar por ellas, en mi búsqueda, a la Hna. Laura la ubiqué en el “Asilo de Ancianos Daniel Álvarez Sánchez”. Me presenté y me quedé sorprendido por su bondad, ternura y don de religiosa; dentro del convento, dijo ella conocer a todos sus familiares cercanos y lejanos y que diariamente dedicaba sus oraciones por todos. Era la primera vez que llegaba a visitarla y ella no dudó en decirme bienvenido primo.

De ahí en adelante, frecuentaba mis visitas, y luego de muchas conversaciones y recuerdos, hace más de quince años, escribí estas remembranzas que las transcribo, para conocimiento de familiares cercanos y lejanos y de manera especial para la comunidad del barrio Carmelo, de la parroquia Chuquiribamba, cantón Loja, provincia de Loja.

LA HNA. LAURA, SIRVE A DIOS Y LOS NECESITADOS

  Muchos se preguntarán ¿Quién es la Hna Laura? Pocos o casi na­die la conoce. Ella es una mujer modesta y amable que toda su vida la ha entregado al apostolado religioso y al cuidado de los ancianos y niños en los asilos de la ciudad de Loja y el país.

Tiene 85 años de edad, y ha permanecido toda su vida en la Comunidad de las Hnas. Dominicanas.

 Nos cuenta que durante este largo tiempo ha pasado en las comunidades religiosas de Quito, Cuenca, Catacocha y la mayor parte en la ciudad de Loja. 

Ahora la encontra­mos en el Asilo de Ancianos Daniel Álvarez Sánchez junto a un dis­tinguido grupo de religiosas dominicanas, aún entregada con amor y ternura al cuidado de los ancianos que por una u otra razón han llegado a esta casa asistencial, como la morada en donde sus últimos días encuentran comprensión, amor y cariño.

La Hna. Laura, con esa amabilidad y sencillez que le caracteriza, manifiesta cuidar con paciencia y amor a los ancianos que viven en el asilo.

 Con una lucidez increíble, recuerda con lujo de detalles el viaje que hizo por los caminos de herradura hace más de 65 años desde Chuquiribamba hasta Cuenca, para ingresar a la Comunidad de las Dominicanas.   Allí hice mi noviciado  -dice-,  duró 2 años, luego la profesión de votos temporales 3 años, y finalmente la profesión de votos perpetuos que du­ran hasta la muerte.

 Lo más hermoso que nos puede ocurrir, es prepararse para servir a Dios

Fuimos 35 novicias que ingresamos al convento de Cuenca.   De Loja estuvimos tres: la Madre Magdalena Tello León, ahora es superiora en el Convento Sta. Catalina de Quito; la Madre Cecilia García que actualmente se encuentra en Catamayo, y yo.   Igual hicimos con ella: el noviciado, los votos temporales y la toma de hábitos. Todas aún continuamos vivas.

Recuerda que el Asilo de Ancianos Daniel Álvarez Sánchez, en la década de los años 40, funcionaba en la esquina de la calle Sucre y Azuay, posteriormente se pasó a la calle Bolívar y Catacocha, en donde actualmente funciona el colegio Pío Jaramillo Alvarado, y ahora nos encontramos en Jipiro.

A más de la oración, entre las aficiones de la Hna. Laura cuentan la música y el volante. Dice haber aprendido las notas musicales de un músico colombiano llamado Alfonso Delgado, esto en 1948 aproximadamente. Con él aprendí a ejecutar el melodio y con esta habilidad por muchos años he acompañado a tocar en las iglesias: canciones religiosas, bendiciones, pases de niño, al Santísimo, a la Virgen y muchas otras más.

La Hna. María Laura Pucha Izquierdo, na­ció en la parroquia Chuquiribamba, en el barrio Carmelo, el 23 de septiembre de 1921. Sus padres fueron: Ángel María Pucha Palazo y Zoila Aurora Izquierdo


Loja, 3 de septiembre de 2020

lunes, 31 de agosto de 2020

ALEJANDRO VELÁZQUEZ LLEGÓ A LOS ENCUENTROS EN 1965

 


Trabajé en el colegio Diez de Noviembre de la parroquia Los Encuentros, cantón Yanzatza, provincia de Zamora Chinchipe, en la década de los años ochenta.   Concretamente, desde 1980 a 1983.  Ahí conocí a mucha gente del lugar, entre ellos a don Alejandro Velázquez, quien educaba a sus hijos en el indicado colegio. 


Ahora radico en la ciudad de Loja.   Antes de la pandemia de la Covid 19, pasé por este lugar y me encontré con don Alejandro, a los 37 años. 

Emocionados conversamos y a la pregunta de cómo llegó a esta parroquia, él dice:  Yo fui policía, me desempeñaba como peluquero.   Como tal, vine a Zamora en 1957.  Ahí escuchaba que están colonizando río adentro y que la Junta de Recuperación Económica de Loja y Zamora Chinchipe a los colonos les entregaba un terreno de hasta de 50 hectáreas.   Como provengo de un hogar humilde, tenía la idea de que una superficie así poseían solamente los hacendados.

Ya en Zamora, me hice amigo de los nativos, y ellos me invitaban a remar en sus canoas.   Luego de algunas salidas, me llevaron hasta Las Peñas, límite con Morona Santiago navegando un día y de regreso dos porque remábamos a contracorriente. 

Más, hice amistad con el shuarita Miguel Andrade, entonces, él me llevaba siempre en su canoa y así poco a poco fui conociendo todas las comunidades que se encontraban al margen del río Zamora pasando por Cumbaratza, Zumbi, Yanzatza, Los Encuentros, El Pangui, Chuchumblrtza.

Los policías no podíamos estar en un solo lugar, por lo que me dieron el pase a otra ciudad y por mi oficio de peluquero recorrí casi todo el Ecuador.   

Poco me gustó la carrera, por lo que a los cuatro años de servicio pedí la baja y vine a vivir en Zamora, luego pasé a Cumbaratza.   Aquí me casé con Luz Elena González, y como la construcción de la carretera desde Loja avanzaba y el negocio en estos lugares era bueno, pusimos un puesto de comida para servir a los ingenieros y trabajadores, esto fue en 1959.  De aquí el Ing. Iván Riofrío, contratista de la carretera, me llevó a trabajar de cadenero en el barrio Muchimi, cerca de Los Encuentros.   En este lugar trabajé más de un año y como ya encontré el terrenito que soñaba tener en Los Encuentros, le agradecí al ingeniero la oportunidad que me dio de trabajar con él.   Aquí construí mi casita en 1965; recuerdo que este lugar en ese entonces era selva virgen aún y los únicos finqueros que había hasta el sitio El Padmi, eran: don Segundo Ortiz, don Japón, Manuel Esparza, Luis Páez (nativo), Alfonso Aguirre y la familia Cabrera.

Ya con dos hijos, el gran problema era la educación, quería ponerlos en la escuela, no había en dónde, la única posibilidad era en Yanzatza y no había como mandarlos porque eran pequeños y el transponte público solamente llegaba hasta la altura de Chicaña.

Entonces nos reunimos siete padres de familia que teníamos el mismo problema e interés de educar a nuestros hijos: Alfonso Aguirre, Baltazar Espinosa, Manuel León, Manuel Castillo, Gaspar Ortiz, Miguel Zumba y yo.  

Para que viaje a la ciudad de Zamora a hacer gestiones y conseguir un terreno a través del IERAC (Instituto Ecuatoriano de Reforma Agraria y Colonización), los compañeros me apoyaban con uno o dos sucres cuando podían.  

El trámite demoró en viajes y gestiones, hasta que un día, el Ing. Hítalo Moreno de origen manabita y que en ese día se hacía cargo de las oficinas del IERAC, atendió mi pedido y me ofreció personalmente viajar a Los Encuentros, como efectivamente así lo hizo.  De esta manera y a través de este funcionario logramos la donación del terreno, desmembrando un pedazo de la finca de don Segundo Ortiz.

Enseguida iniciamos los trámites y la construcción de la escuela, hoy Gabriela Mistral.  Como carecíamos de dinero, entonces en un inicio, hicimos un salón provisional de tablas de tres por cuatro metros en donde albergaba a siete alumnos.

El primer profesor, fue un quiteño de nombre Miguel Valencia, y como no había en la escuela un lugar apropiado para que pernocte, entonces venía a dormir en mi casa hasta que don Serafín González construyó la suya y le cedió un cuartito.


Durante mi permanencia en este lugar, los amigos me contaban que estas tierras fueron de propiedad del nativo José Antonio Mangasho y que las negoció a unos por dinero y a otros les cambió por animales, escopetas o radios, por lo que antes de terminar la conversación bromeando le digo: Don Alejandro, ¿es verdad que usted cambió la finca con una vaca a José Antonio Mangasho ?  Ríe y dice, ¡eso no es cierto! Cinco mil sucres le pagué por trece hectáreas de terreno.  Esa finca la trabajé por largo tiempo, la vendí y compre la que tengo ahora. 

Las fincas, en verdad, en ese tiempo eran de los nativos, pero ellos poco a poco fueron vendiendo y se alejaron de aquí.  Se iban por las márgenes del río Nangaritza, pasaban Paquisha, Guaysimi y llegaban a Shaimi.   Decían que por ahí hay tierras baldías y que a ellos les gusta la libertad.

Termina nuestra conversación y dice: con registro oficial Nro 388, el 26 de febrero de 1981 se creó la parroquia Los Encuentros, siendo su primer Teniente Político, el señor Antonio Torres.

 

Loja, 31 de agosto de 2020

miércoles, 5 de agosto de 2020

RECORRIDO DE LA VIRGEN DEL CISNE: Chuquiribamba - Chantaco

e intercambio de tortillas en el barrio Carmelo

Leyendas y tradiciones andinas

 


La peregrinación de la Virgen del Cisne que realizan los pobladores de las parroquias Chuquiribamba y Chantaco, la hacen todos los años el penúltimo domingo del mes de agosto.  Esto, data desde 1935.

Recorrido

Recorren con la Virgen durante un día. Caminan aproximadamente quince kilómetros desde la parroquia Chuquiribamba hasta la de Chantaco, haciendo su descanso en el barrio El Carmelo, lugar intermedio entre las dos, en donde los devotos de Chantaco la esperan para llevarla y los de Chuquiribamba para entregarla.

Acto protocolario

La Virgen del Cisne llega hasta El Carmelo a las 10h00, en hombros de sus devotos y acompañada con más de un millar de peregrinos, en donde la esperan autoridades, síndicos, priostes, reinas, organizaciones barriales y más devotos de las dos parroquias para darle la bienvenida.

Luego en la pequeña plaza, junto a la iglesia del barrio, en una ceremonia especial, separados por una línea imaginaria, las autoridades y pobladores de Chantaco ubicados a un lado y los de Chuquiribamba en otro, realizan un acto protocolario, en donde cada uno de ellos hacen la entrega de ofrendas a la Virgen, e intercambian mensajes, augurando siempre mejores días para nuestros pueblos y la necesidad de integrarnos más, estrechando nuestros lazos de amistad.

Terminado este acto entre las autoridades de las dos parroquias, da inicio la ceremonia religiosa, con la celebración de la Santa Eucaristía.

Intercambio de tortillas


Una vez terminada la misa, los grupos juveniles del barrio El Carmelo presentan un acto cultural con representaciones propias del lugar, y concluye el programa con la participación de los integrantes de la Sindicatura de Chuquiribamba, haciendo el intercambio de tortillas de harina de maíz entre todos los asistentes al lugar, costumbre instituida en el barrio por iniciativa del  Padre Víctor Yanangómez en 1997 cuando fue párroco de Chuquiribamba, para finalmente terminar brindando un vaso de horchata y una tortilla a todos los peregrinos que llegaron con la Virgen y a los que se preparan para continuar la marcha a la otra parroquia.

La Reina del Cisne permanece en este barrio hasta las 14h00, momentos en que, con repique de campanas, ruido de cohetes y ritmos de las bandas de músicos, se encaminan por la carretera que conduce a Chantaco, despidiéndose para retornar el primero de noviembre.

Tomado del libro de leyendas y tradiciones: Cántaro de eternidad Tomo 1, primera edición, página 22, publicado en el año 2004 con el título original Virgen del Cisne: de Chuquiribamba a Chantaco.

Autor del libro: Eduardo Pucha Sivisaca. 




domingo, 26 de julio de 2020

Naún Briones: comentario Carlos Santiago Quizhpe


Comentario: Carlos Santiago Quizhpe Silva

Si se pierde la memoria de los pueblos, el país habrá perdido su identidad.
¿Qué sería de un pueblo sin los duendes, los pactos con satanás, las historias de amor que terminan en la horca? No sería lo mismo el café de chuspa por las tardes con tortillas de gualo sin el rumor de los abuelos, de los vecinos, que a Artemio Loaiza se le apareció el diablo por mujeriego y que ahora se lo ve todos los días en misa de cinco de la mañana. Sería aburrida nuestra vida sino coexistimos con los fantasmas que nos visitan por las noches, que nos halan los pies o que descubren su rostro cadavérico detrás de un velo.
Nuestras abuelas no rezarían el rosario por las tardes para alejar a los gagones, a las almas en pena que no quieren dejar la vida terrenal. De repente en el almuerzo sale a flote que un bandolero sin dios ni ley está robando a los ricos para darle a los más desposeídos, pero que nadie lo conoce. Se especula que es de estatura mediana, otros que es un gringo, de apellido rimbombante, que se esconde en una caverna, que es de Catacocha, pero por su valentía se presume que sea de la Costa, porque hay que tener agallas para ser un delincuente honrado.
La vieja Lucrecia dice que es alto, mujeriego y ya tiene como cincuenta hijos en diferentes mujeres, por eso echa la bendición a sus hijas y ya muy temprano cierra las puertas de su casa, no vaya a ser que ese bandolero del que todos hablan las perjudique, aunque una de ellas desea con el alma ser desposada por él.
¿Qué cómo se llama ese bandolero?, ¿de dónde vino y adónde va? Naún repite el populacho, es chazo de Cangonamá, es peruano especulan los de Macará y Zapotillo; es un ladrón gritan otros, es un héroe musitan con un suspiro las solteronas, rezándole a San Antonio de cabeza para que les haga el milagrito y hoy quizás ese furtivo ladrón pase por su casa y se quede a dormir con alguna de ellas.
Esta recreación de hechos reales con imaginarios se denomina leyenda y nació con la necesidad del hombre de buscar respuestas a los fenómenos naturales, a su soledad en el vasto universo, a la urgencia de sentirse protegidos por seres sobrenaturales, poderosos, invencibles.
De carácter folclórico, las leyendas cumplen un rol fundamental en la sociedad, pues a través de ellas se puede conocer las costumbres y tradiciones de un pueblo, de ahí que las leyendas trataron de explicar cosas que sucedieron en el pasado y que sirven para entender mejor nuestro presente.
Pero el devenir de los años y el boom de la tecnología han puesto en peligro de extinción no solo a las leyendas, sino a los diversos géneros literarios, pues cada vez la sociedad timorata prefiere estar sumida horas enteras en un dispositivo electrónico que leer un buen libro.
De ahí que juegan un papel preponderante aquellos nómadas culturales, esos investigadores e historiadores que recorren los pueblos con una grabadora y una cámara en mano, muchas veces de rollo, para hurgar la memoria colectiva de los pueblos, sus tradiciones, sus costumbres, para perpetuar la idiosincrasia de una nación, tan rica culturalmente hablando, como la nuestra.
Por lo antes expuesto es encomiable la labor del catedrático Eduardo Pucha, un infatigable investigador, un coleccionista de relatos propios del corazón de nuestro cantón y provincia, que hoy nos presenta su obra cumbre: Naùn Briones, leyenda y tradición.
En esta obra se recopilan entrevistas, anécdotas, datos históricos, que corroboran la existencia de este famoso bandolero lojano, cuya popularidad traspasó los linderos de nuestro país, por su astucia y su sagacidad, pero sobre todo por su filantropía, ya que son pocos los individuos capaces de despojarse de su egoísmo para buscar el bien común, aunque exista discrepancias con un grupo minoritario de personas que lo tildaron como un hombre malvado y cruel.
Con un lenguaje coloquial y sencillo, libre de muletillas, característica de los textos actuales, Eduardo incluye los testimonios de figuras octogenarias, en su mayoría, como don Antonio Luzuriaga, Hermes Minga, Vicente Villavicencio Mejía, Pepe Freire Ochoa, Enriqueta Tenesaca, Marcelo Reyes Orellana, Sebastián Lapo, que dan fe de las peripecias de Naùn Briones por los confines de nuestra provincia, sus amoríos y las penurias que le tocó vivir.
Libro necesario en escuelas y colegios por su valioso aporte antropológico – social, que merece ser degustado con una buena taza de café caliente, pues nos permite escrudiñar datos interesantes, como la muerte de Naùn, acaecida en Sozoranga en 1935, exactamente en la quebrada de Piedra Liza, en manos de Deifilio Morocho, otrora compañero de escuela y por aquellos días su acérrimo enemigo.
Que el libro de Eduardo Pucha esté en la biblioteca del excomandante cubano ya fallecido, Fidel Castro, no es de extrañar, pues recordemos que los que comulgan con la izquierda y el socialismo tienen como referentes a líderes patriotas que han librado grandes batallas por el bien de sus pueblos, teniendo como consigna acabar con la riqueza acumulada por unos pocos y distribuirla por igual al resto de sus colindantes. No es de extrañar, pero sí de felicitar, pues el trabajo de Eduardo Pucha es infatigable, labor que solo los amantes a este apasionado mundo de las letras son capaces de realizar y no son muchos.
Además, la obra de Eduardo Pucha nos permite recorrer paisajes de ensueño de nuestra geografía lojana, así como también los mismos suelos polvorientos, que hace ya casi un siglo anduvo el bandolero de Cangonamà. Es fácil advertir lugares como La Ceiba, Yamana, Lalamor, Zhucata, Chantaco, Amaluza, Umanchi, Pampa Larga, Briones, que validan el trabajo de campo realizado por el autor de esta valiosa obra.
Necesitamos de más autores comprometidos con la idiosincrasia de los pueblos, que no dejen morir la memoria colectiva, la tradición oral, la gastronomía, solo así salvaremos y no dejaremos morir la identidad de nuestro país. Celebro la publicación el libro Naùn Briones, leyenda y tradición. Para finalizar tomo una estrofa de la tonada compuesta por Eduardo:
En los cantones lojanos
Sin miedo camina aún
Tranquilo, valiente, ufano
El bandolero Naùn,