miércoles, 16 de enero de 2013

TAQUIL: Los arrimados de Cera

LOS ARRIMADOS DE LA HACIENDA CERA



“Indios y blancos escribieron esta parte de la historia, no con tinta en los libros de texto sino con sufrimiento humano, pesadumbre, miedo, sangre y muerte”
Jerry Gentry




El barrio Cera de la parroquia Taquil, por ancestro es una comunidad de alfareros, se diría única en la provincia de Loja.   Aquí se elaboran las ollas de barro que son comercializadas en todas las comunidades cercanas. 
Don Celso Veliz, oriundo de este lugar, bien comunicativo y espontáneo dice: esta zona era parte de la hacienda que pertenecía a los señores Burneo desde tiempos coloniales; y, se extendía desde Salapa hasta Gonzabal, es decir ocupaba gran parte de lo que hoy son las jurisdicciones de El Valle, Taquil y Catamayo.   Mis abuelitos trabajaron en calidad de arrimados aquí.  
¿Qué sabe de esta hacienda?, -le pregunto-  Él responde, ahí estamos un poquito con la historia fraccionada; pero, comentaban los abuelitos que perteneció a los herederos de Don Juan de Salinas.   También decían que posteriormente heredó una monjita  de apellido Burneo; pero ella en calidad de religiosa no podía tener bienes, por lo que le donó a su sobrina, quien posteriormente se casó con don Ramón Burneo.  
¿Quién era don Ramón Burneo?  -continúo-  Era un hombre alto, blanco, de ojos claros, simpático; pero, pobre, pobre, pobre…   ¡Así de simple!   
Se casaron en Gonzabal.   Personas que aún viven dan testimonio de eso; una de ellas cuenta que su abuelita veía como don Ramón venía por el camino real, montado en un caballo blanco a cortejar a la chica y, después de casados vinieron a vivir aquí.   Estamos hablando del año de 1700 más o menos.   Han pasado más de tres generaciones  y son los mismos Burneo, dueños de estas tierras.  
De lo que últimamente dan razón, esta hacienda pertenecía al Dr. Vicente Burneo y, él en vida repartió a sus herederos: Salapa y Cachipamba para la Sra. Lucha; Cera para Don Vicente y Gonzabal para Don Alfredo, desde entonces quedó fragmentada.   Ellos fueron los últimos dueños.
Hay muchas historias que contar.   Dicen que estas tierras fueron “comunales” porque el Rey de España así lo dispuso; las otorgó para uso exclusivo de los indígenas; sin embargo vino más gente de España, nos despojaron y sometieron al sistema feudal.  
Aquí vivían nuestros abuelos haciendo ollas de barro y taltaquis (vasijas para guardar los granos).   Vinieron los conquistadores y los asediaron primero a los Gonzabales y otras comunidades; entonces los Ceranos evitando someterse, huyeron a las montañas de Zota; los de Curipamba e Ingapirca –dicen que- cavaron hoyos profundos para familias enteras enterrarse vivos en sus taltaquis.   ¡Mire usted, prefirieron morir antes que someterse!   ¡Son historias conmovedoras que al calor del fogón nuestros abuelos contaban.
La osadía de esta gente por adueñarse de Cera,  hizo de que se buscaran pretextos; cuentan que en una ocasión se  había pasado del río para este lado una vaca de los patrones, y entonces un indígena la ahuyentó con un perro, la vaca corre y al saltar se rueda y muere; entonces los indígenas quisieron reponer, pero ellos no aceptaron, más bien aprovecharon esta circunstancia para adueñarse y someternos a los que aún quedábamos; desde ahí dicen que se extendieron más sus dominios de la hacienda incorporando las zonas de: Chamana, Salalón, Higuerón, Cochaloma, Gentil. Cashapamba, Choras, Curipamba y más abajito Ingapirca. 
Don Lauro Lituma quien hace poco murió, tenía 102 años, decía que tiene el documento de pertenencia de las tierras comunales emitido por el Rey de España.  Entonces junto a un señor de apellido Malla y otro Buele, con el documento en mano se van a Loja donde el Dr. Bayancela, quien luego de leerlo y analizarlo les sugiere que se vayan al Ministerio de Previsión Social en Quito a reclamar, porque esas tierras son “comunales” y les pertenece.   ¡Se fueron!
Mi abuelita recuerda, que hasta altas horas de la noche trabajaban haciendo ollas para venderlas y aportar con algo a los comisionados que se iban a Quito; en tanto que otros vendieron sus chanchitos y otros animalitos. ¡Todos apoyaron!
Llegó el día y los comisionados se marcharon caminando, primero a Machala, para de ahí pasar a Guayaquil y luego a Quito, llevando en sus alforjitas cucayo y máchica de fiambre.   Cuando pasaron Balzas, la Avanzada, Santa Rosa y Machala se sorprendieron al ver las casas desplomadas, destruidas y en el suelo.   ¡Eran las secuelas de la Guerra del 41.  
En Machala se embarcaron en el buque “Simón Bolívar” a Guayaquil; y de ahí tomaron el tren rumbo a Quito.  
Cuando llegaron al Ministerio de Previsión Social y presentaron los documentos, se dieron cuenta que iban a fracasar porque los funcionarios se mostraban del lado de los hacendados; además viéndolos con poncho se burlaron, los humillaron riéndose.   ¡No quiero entrar en más detalles!, pero, la verdad es que los trataron muy mal.
Fíjese, cuando regresaron de Quito, antes que lleguen a Cera, los patrones ya sabían todo lo ocurrido allá, pese a que en ese tiempo no había internet ni celulares. 
Después de unos días, cuenta mi abuelita que vio a más de  veinte soldados montados en acémilas llegar  preguntando por Lauro Lituma y don Malla, posteriormente los botaron de la hacienda.  ¡Mire! ahí en ese lugar donde sacamos el barro para hacer las ollas había una casita, ¡la quemaron!, a las otras… igual.   Don Octavio Robalino, ese día se casaba, entonces la fiesta no la pudo hacer, porque ya no tenía en dónde.
Este fue el precio, que pagaron nuestros abuelos por reclamar sus derechos; para vivir  con dignidad; lamentablemente no lograron y tuvieron que seguir igual, continuar pagando las “obligaciones”, forma de trabajo que se inventaron para cobrarnos por la prestación de las tierras.   Habían las “obligaciones generales” consistente en realizar la limpieza de todas las acequias de la hacienda; luego las “huasicamías”, en que cada familia tenía que vivir una semana en la casa de hacienda deshierbando la huerta, ordeñando las vacas, cuajando los quesillos, sacando la mantequilla, cuidando los borregos, chanchos, pavos, cuyes y gallinas, que eran por cientos.   Además  sacar y transportar los “mishques” (jugo de los pencos) para engordar los chanchos.  Para que realicen estos trabajos el patrón no les entregaba ninguna herramienta, teniendo que los arrimados arreglárselas como puedan.   En este son, ¡salía una familia y entraba otra!
Otra obligación que se aplicó, eran las “vaquerías”, es decir el cuidado de todo el ganado de la hacienda; también la de llevar la providencia a la ciudad de Loja e igual pasar allá en la casa del patrón una semana haciendo trabajos similares a las “huasicamías”  
Y para los niños menores de diez años, con el pretexto de que se les debe enseñar a trabajar,  también les instauraron una obligación denominada el “comedimiento”, para que barran la casa, espanten a los pájaros de las cementeras, cojan hierba para los cuyes, boten el maíz a las gallinas, etc.
Todo el tiempo tenían que pasar cumpliendo “obligaciones”, por lo que les quedaba pocos días en el mes para trabajar en su casa.   Se daban casos que algunos indígenas por su vejez no podían cumplir la “obligación”, entonces ésta la heredaban los hijos.
En 1960 gracias a la Reforma Agraria aplicada en el Ecuador, se realiza la parcelación de las haciendas y Cera no es la excepción, entonces a los arrimados nos dieron en propiedad pequeñas parcelas, aunque la ley decía que tienen que recibir el veinte por ciento del total, no fue así, pero bueno, algo es algo.


 


martes, 6 de noviembre de 2012

NAÚN BRIONES EN ZARUMA


Eduardo Pucha S
En una ocasión cuando estábamos en la piscina tomándonos unas cervecitas con don Expedito Córdoba quien hace poco falleció, me contó una hermosa historia sobre el bandolero Naún Briones manifiesta don Luis Ortega Sotomayor quien en la actualidad tiene 61 años de edad y vive en la ciudad de Zaruma.   Él decía, continúa, cuando niño fui lustrador de botas y en una ocasión junto con otro niño que hacía lo mismo lo vimos a un señor sentado en el parque central de nuestro pueblo al que le ofertamos lustrarle los zapatos quien gustoso aceptó, y como éramos dos, lógicamente  convenimos en lustrar un zapato cada uno.   Recuerdo que mientras pasábamos la tinta y el cepillo en su calzado, mi amigo que no era de aquí sino lojano, alzó a verle la cara y sorprendido dijo: ¡Don Naún!,  quien con el dedo índice en los labios hizo “Chizzz”, mi amigo quedó calladito y no dijo nada, entonces Naún bajó un poco la falda de su sombrero a la cara y esperó que termináramos de lustrarle.    Se paró, metió la mano en su bolsillo y nos pagó un sucre para que nos repartiéramos los dos.   ¡Un sucre era bastante dinero en ese tiempo!     Cuando llegué a la casa, por poco aguanté, porque mi papá no creía que esa cantidad nos haya pagado y no juzgaba prudente que a mi edad lleve tanto dinero.    Al día siguiente, mi amigo y yo regresamos al parque pensando lustrarle otra vez, ya no lo encontramos.
Los mayores nos contaban que Naún venía de la provincia de Loja por el Santuario de El Cisne, llegaba a Curtincapa y Salatí porque allí tenía amigos, y luego venia acá.   En una ocasión lo metieron a la cárcel, pero estuvo solamente dos horas porque el carcelero se puso de parte y le dejó las llaves, y bueno, abrió las seguridades y se fue.  
El calabozo en ese tiempo estaba ubicado en el Municipio Viejo al lado de una grada que quedaba en el primer piso.   Ahora en el mismo lugar se levanta el actual Municipio.

jueves, 18 de octubre de 2012

EL SANTUARIO DE LAS LAJAS TIENE ALGO DE ECUADOR

 Pasando el puente internacional de Rumichaca, a 10 km de distancia se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de Las Lajas, “Topográficamente el más bello del mundo; religiosamente el más visitado de América; arquitectónicamente, el más audaz y original de Colombia”, por eso es considerado como una de las 7 maravillas de ese país.
En este lugar lo encontramos a don Luis Enrique Morillo Melo, quien trabaja más de 40 años fotografiando a los turistas.   Al acercarnos y conversar con él, dice: el santuario pertenece al corregimiento de Las Lajas del municipio de Ipiales.   Es visitado por turistas de todo el Mundo, especialmente de Holanda, Inglaterra, estados Unidos, Japón y España; tiene la singularidad de estar construido en una empinada peña, sobre un puente de dos arcos sobre el río Guáitara; tiene 20 metros de largo por 17 de ancho y una altura de 80; en tanto que la altura del templo desde su base en el río hasta las torres es de cien metros.
En la nave central se observa la  imagen de la Virgen del Rosario, pintada en una piedra por autor desconocido.
Refiriéndose a la aparición de la pintura en esta piedra, continúa: la tradición se remonta a 1754.   Según dicen,  la señora María Mueces de Quiñonez, era una lavandera que vivía en Potosí, y todos los días pasaba por aquí a Ipiales para lavar la ropa de la familia Torrensano.   El recorrido diario que hacía era de siete kilómetros.   En una ocasión cuando regresaba de Ipiales a Potosí con su pequeña hija que era sordomuda, al pasar por este lugar le sorprende una torrencial lluvia acompañada de truenos y relámpagos, por lo que tuvo que guarecer en una cueva funesta y que supuestamente para los mortales era la morada del diablo; es en este instante cuando Rosa, la niña sordomuda le dice: “mamita, la Mestiza me llama”, doña María mira al frente y no sale del asombro al ver en la peña la reluciente imagen de la Virgencita y a su hija por primera vez escucharle hablar.   ¡Increíble! Este es el primer milagro que obra Nuestra Señora del Rosario.
De inmediato este acontecimiento le participa al párroco de Potosí y él no le cree. Al siguiente día pasa a Ipiales y el acontecimiento se repite, le cuenta al párroco de Ipiales, tampoco le cree.
Pero a la tercera vez cuando la gente se percata que la niña escucha y habla, resuelve ir a peregrinar y orar en la peña, constatando en esta ocasión que efectivamente la Virgen está ahí.  
-Mire,  ¡esa es, tal como apareció!, me dice don Luis Enrique indicándome con su mirada, claro que ahora le han hecho unos pequeños arreglos, pero es la misma imagen la que está en el Altar Mayor -
Se llama de “Las Lajas”, porque toda esta parte que mira usted es roca.   Esas piedritas delgadas en plancha se llaman Lajas.   Entonces por eso la denominación “La Virgen de las Lajas”.
Desde entonces comenzó a poblarse este sitio y a convertirse en un lugar turístico.
Dicen que la primera capilla fue una chocita de paja la misma que duró 30 años y que se desplomó en una tempestad.   A raíz de la desaparición de esta capilla se interesa en la construcción  de otra don Juan Manuel de Rivera, un pordiosero que era cieguito, pero que la Virgencita le hizo el milagro de devolverle la visión, por lo que él en agradecimiento recorrió todo Colombia y parte del Ecuador y reunió 317 reales los mismos que los donó para la construcción de la capilla, a la que participaron obreros de la zona, arquitectos ecuatorianos y picapedreros de Ibarra.
Desde la aparición de la Virgen hasta la actualidad el Santuario ha sido modificado algunas ocasiones; pero merece recalcar que en el tercer ensanchamiento del edificio fue el arquitecto ecuatoriano Mariano Aulestia, quien diseñó y dirigió la obra, la misma que duró más de un siglo.   En tanto que el actual santuario inició su construcción en 1916 a cargo del ingeniero ecuatoriano J. Gualberto Pérez y del colombiano Lucindo Espinosa.  Culminó la obra en 1949.
Hablando de milagros -continúa don Luis Enrique-  el que presencié fue ahí, al frente, en la esquina del santuario.   Llegó una señora que según supimos después, ya había tenido intentos de suicidio y como aquí encontró el lugar apropiado, del puente se lanzó al vacío,   nosotros la vimos cómo descendió al río; más ella del fondo salió ilesa, se paró a la orilla y regresó para nuevamente volver a lanzarse.   El puente es altísimo.   ¡Asustados corrimos a socorrerla, pero no le pasó nada!, ¡milagro!
Por eso en el bordo del camino en un largo tramo encontramos cientos de placas y plaquetas que dejan los peregrinos en agradecimiento por los milagros concedidos.   Allí constan el nombre de la familia, la fecha y el milagro que han recibido.

sábado, 1 de septiembre de 2012

TULCÁN: Museo del silencio

MUSEO DEL SILENCIO

 
En la ciudad de Tulcán, provincia del Carchi, frontera con Colombia, está uno de los atractivos más grandes de “escultura en verde”, conocido como “El Cementerio de Tulcán”   “Este lugar es tan hermoso que hasta dan ganas de morirse”, y puede ser considerado como la octava maravilla del Mundo Moderno.
Aquí lo encontramos a don Lucio Ramón Reina, quien muy gentil nos ofreció su trabajo profesional en fotografía, y en ameno diálogo, poco a poco nos hace conocer algunos datos referentes al cementerio, un verdadero museo con diversidad de formas artísticas "esculpidas" en ciprés.  
Soy el  escultor de la segunda parte de lo que se llama “PARQUE DEL RECUERDO”, nos comenta.    Entré  a trabajar aquí en 1966 y me jubilé en el 2008, luego de haber trabajado 43 años como jardinero.   En ese tiempo ya existía la primera parte del cementerio con figuras talladas en los ciprés y expuesto a la mirada de los turistas, cuyo artífice fue don José María Azaél Franco.   Esos  árboles los sembró en 1936.   Cuando entré  a trabajar, solo hacíamos mantenimiento.   ¡Ahí es cuando aprendí a podar y darles forma al corazón de los árboles!
El lugar en donde está la segunda parte, era un cementerio común y corriente con tumbas construidas sin estética alguna; además ya no había espacio para enterrar a los muertos.   Recuerdo que el terreno era descuidado y lleno de montes dándo una imagen desagradable.  Entonces el señor alcalde notificó a los deudos  para que exhumen los cadáveres de sus familiares.   Sacaron los restos los que pudieron, otros no; luego pasaron la motoniveladora, trazaron las calles y allí sembramos más de 20.000 cipreses en dos filas, conservando una distancia de cincuenta centímetros entre cada planta, con la finalidad de que se "tupa" pronto.   ¡Esto fue en 1987!
 El primer corte de estas plantas las realicé a los tres años, es decir en 1990, luego hice el redondeo para que se vayan tupiendo los árboles y finalmente el tallado de las figuras, a los diez años de sembrados.   ¡Es un trabajo lento que demanda gusto y paciencia!   Como ve, ahí están las esculturas en cipreses por lo que siento un sano orgullo. 
Una vez hechas las "esculturas" en los árboles, se las poda cada cuatro meses, porque si las dejamos sin mantenimiento se convertirían en un bosque natural.
La primera parte del cementerio ocupa una extensión de dos cuadras y la segunda cuatro; aquí se encuentran talladas más de 220 figuras como: vasijas ceremoniales precolombinas, imágenes religiosas, el Monumento a la Madre, el  Ángel, el escudo del Banco Central, la Cara de Rumiñahui, el Shamán, pájaros, elefantes, tortugas, pingüinos, lechuzas, lobos, osos, monos, etc.
Le preguntamos a don Lucio Ramón si conoce otro cementerio de iguales características en algún lugar, a lo que responde: 
- ¡no he viajado!, pero me han contado los turistas que vienen de otros países, que este es único en el Mundo-.
- ¡Ah!, solamente un turista me dijo que hay un parecido en Versalles (Francia), pero ¡no sé si  las esculturas están talladas en cipreses u otras plantas! - 

¿Qué le motivó a don José María Azaél Franco para hacer esta monumental obra en verde?   ¡Esa es  la pregunta que hacen todos!; pero en ese tiempo  yo no nacía aún.   Cuando entré a trabajar aquí tenía 23 años y él ya se había jubilado, por lo tanto desconozco.   Sé que es oriundo de El Ángel, y que allá había trabajado en una hacienda como jardinero, eso es lo único que se.   ¡Bueno hay algunas conjeturas!
Después de jubilado, cuando fue alcalde el Dr. Ignacio Sambrano regresó solo a supervisar su trabajo, porque no se enseñaba en su casa.   En esa época ya no hizo esculturas de ninguna clase.   Pasó un corto tiempo, porque en 1985 falleció.  Tenía 86 años.   Eso es lo que conozco de él; pero de lo que le puedo dar razón es de lo mío.  
Entré a trabajar a los 23 años de edad.   Después de laborar 21, se me ocurrió hacer la segunda parte del cementerio.   No recuerdo si vino o fui yo al Municipio donde el señor Alcalde don Hugo Ruiz Enríquez, para decirle que mandara a un arquitecto a que diseñe el parque; él en vez de mandar al profesional que solicitaba me dijo: como usted es el jefe, haga lo que tiene en mente; ¡me dio la facultad total!  
La mayor parte de las figuras son mis creaciones, están hechas a mi imaginación.   Para hacerlo, comencé a ilustrarme en programas de televisión, especialmente en lo referente a las culturas de Ecuador, Perú, y otros países; después compré una revista completa y fui basándome en ellas especialmente en las figuras precolombinas.   Aquí hay variedad.  A un principio me salían feas, pero poco a poco fui perfeccionándolas.
Terminamos nuestra conversación preguntándole sobre su profesión, a lo que él muy orgulloso dice: ¡jardinero!   Entré  a trabajar como tal y aquí me hice "escultor" en ciprés, aprendí a darles vida eterna a los árboles.  
Nací en Tulcanquer a el año de 1943, allá trabajaba como jornalero en el campo.   Vine acá y soy lo que soy.  
Me casé y tengo tres hijas.   Ahora recorro todo el "Parque" fotografiando a los turistas y vigilando mis obras porque tengo facultad para ello.
Loja, 1 de septiembre de 2012
Eduardo Pucha S.

lunes, 20 de agosto de 2012

QUITO: Leyenda de Cantuña


LO ENGAÑÓ AL DIABLO
En la parte frontal de la iglesia de San Francisco de Quito, encontramos dos importantes placas recordatorias que nos transportan al siglo XVI.   La primera y la segunda, dicen respectivamente lo siguiente:
“IGLESIA DE “SAN AGUSTÍN”
S. XVI
INICIADA POR EL ARQ
FRANCISCO BECERRA
HACIA 1580
Y TERMINADA EN 1627
REEDIFICADA 1868”.

CONVENTO E IGLESIA DE SAN AGUSTÍN
“Los agustinos  llegaron a Quito a mediados del siglo XVI y se establecieron provisionalmente en Santa Bárbara.   A partir de 1573 adquirieron terrenos para su convento e iglesia.   El arquitecto extremeño Francisco Becerra planificó y empezó a construir el templo actual hacia 1580.   Desde 1606 dirigió las obras Juan del Corral, arquitecto español, y las continuó el maestro de obras fray Diego de Ecarza.   La fachada se hizo entre 1659 y 1669.   El maestro Miguel de Santiago, a mediados del siglo XVII, decoró los claustros con grandes óleos, entre ellos los de la vida de San Agustín; el gran artista quiteño está enterrado en una de las criptas de la iglesia”.     

Lo que maravilla a quienes visitamos la Plaza de San Francisco en Quito, es la iglesia, el Museo, y escuchar la popular leyenda de Cantuña, a quien le atribuyen la construcción del Atrio, mediante un pacto con el Diablo.
Ya en el museo, muy gentil nos acompaña la señorita María del Cisne Romero Freire, oriunda de la ciudad de Piñas, provincia de El Oro, quien, en calidad de guía, poco a poco nos introduce en un mundo lleno de reliquias guardadas desde la época colonial y muy bien conservadas a través del tiempo.
Estamos en el  Convento  Máximo de la Conversión de San Pablo, dice, más conocido como  Convento de San Francisco de Quito.   Aquí  está el Museo “Pedro Gocial”.   En él se encuentran alrededor de 4.500 obras de arte  entre  pinturas, esculturas, retablos y artesonados.
Existen siete salas de exhibición: en la primera se encuentra la Génesis Franciscana; luego la Sala de la Procesión; la Sala de Bernardo de Rodríguez;  la sala de Bernardo de Legarda; la Sala de Miguel de Santiago, más conocida como la Sala de la Evangelización; la Sala de Alabastro y la Sala de la Platería.   Además se puede admirar el arte barroco plasmado en el coro de la iglesia central.
En una pared contiguo a una grada se encuentra el óleo sobre lienzo más grande del museo, mide 7, 07 m de alto por  y 4,15 m de ancho; tiene alrededor de 590 rostros, todos diferentes que representan el árbol genealógico de la familia Franciscana.  Es por  esta razón que en la parte inferior está San Francisco de Asís como raíz y fundador de la congregación Franciscana.    Es un óleo del siglo XVIII,   atribuido al Taller de Miguel de Santiago.
En la iglesia del convento, donde ahora se encuentra una cruz,  fue construida la primera capilla en la que iban a rezar los españoles,  era una  pequeña choza de paja y adobe; en tanto que para  los indígenas se construyó una capilla junto a esta,  dedicada a la virgen de los Dolores,  actualmente es conocida como la Capilla de Cantuña.   

De acuerdo  a la leyenda quiteña, dicen que los franciscanos contrataron a Cantuña  para  que construyera el Atrio de San Francisco.   En el contrato estipulaba una cláusula en la que determinaba un plazo para hacerlo.   Éste al no poder concluir la obra  en  el tiempo convenido, pidió ayuda  al Demonio ofreciéndole a cambio su alma.   Le dijo: te doy mi alma si colocas cada piedra en su lugar hasta el amanecer.   Ese fue  el trato.  
Cantuña, muy astuto, escondió una piedra bajo su poncho.   Al día siguiente cuando el Diablo exigía el cumplimiento del contrato porque la obra estaba concluida, no pudo, porque faltaba una piedra.   Por lo tanto el pacto quedó  anulado.  
En la actualidad, si  a lo largo de todo el frente del Atrio observamos detenidamente los canalones de desfogue de las aguas lluvias, podemos darnos cuenta que en el lado izquierdo hay siete y en el lado derecho hay seis; por lo tanto de  acuerdo a la leyenda, esta es la piedra que falta.
Como les dije, - continua María del Cisne Romero- esta es solamente una leyenda.   La historia verdadera es que Francisco Cantuña, si existió, fue hijo de Hualca, quien acompañó a Rumiñahui para quemar la ciudad aborigen de Quito y luego a los Llanganatis para esconder los tesoros de oro existentes en los templos incaicos.
En estos ajetreos,  olvidaron a Cantuña, niño aún, quien se quedó atrapado en las llamas que consumían la ciudad.   Con gran suerte sobrevivió al percance, pero se quedó horriblemente deformado.  
Cuando llegaron las huestes españolas, fue el conquistador Hernán Suárez, quien se apiadó de él y lo tomó como parte de su servicio.   Según dicen lo trató bien y con el tiempo fue encariñándose hasta considerarlo como a su propio hijo.  
Hernán Suárez era un mal administrador de sus bienes, por lo que despilfarró toda su fortuna y con el pasar del tiempo se quedó pobre.   Aquejado por las deudas no sabía qué hacer y cómo resolver los problemas que cada día se tornaban más graves, por lo que Cantuña, tratando de recompensar lo que el español había hecho por él durante su niñez y adolescencia, se ofertó solucionar el problema; pero bajo una sola condición: que haga de inmediato modificaciones en el subsuelo de su casa.
 Suárez aceptó.   De pronto los vecinos notaron la recuperación económica del conquistador que se puso mucho mejor que en sus días de bonanza.   Pero como todo mortal “la vida no la tiene comprada”, murió.   A la muerte de él, Cantuña se constituyó en el heredero único de la fortuna de don Hernán Suárez.
Posteriormente, Cantuña donaba grandes cantidades de dinero a los franciscanos para la  construcción del convento y la iglesia.   Los religiosos  que no comprendían el origen de esta fortuna, procedieron a interrogarlo de forma capciosa, a lo que acosado por los continuos interrogatorios, inventó justificarse que toda esa fortuna se la daba el Diablo, porque había firmado un pacto con él a cambio de su alma.   Existe en el Archivo Nacional,  un  juicio contra Cantuña  por haber inventado tan grave mentira.
Cuando murió Cantuña, inspeccionaron la casa en donde vivía y descubrieron que en el subsuelo de la misma había un piso falso en donde estaba construido un horno grande de ladrillo para fundir oro; así como lingotes y mucha joya inca lista para fundir.

Loja, 16 de agosto de 2012